martes, 30 de junio de 2009

Lugares comunes

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El director argentino Adolfo Aristaráin realiza una película sencilla e íntima, y reflexiona sobre la pervivencia de los ideales en un mundo extremadamente material, y la honestidad individual en cuanto al pensamiento y la forma de desarrollarse existencialmente en un contexto desbocado moralmente gobernado por corruptos y delineado en sus pautas básicas por los núcleos de poder.

Es la reflexión vital y consciente de un hombre maduro y en crisis lamentando la perdida de principios y de la merma de un enfoque idealistas individual y colectivo; el amor a la libertad de su propia conciencia y el rechazo a cualquier asomo de adoctrinamiento; la vida con toda su dureza y dificultad pero vista desde su cara más humana y esperanzadora. Una mirada lúcida a un mundo lleno de desengaño y desilusión pero donde destacan los valores universales. También es una historia de amor intenso y reparador, de lealtad calada y profunda, de absoluta fidelidad.

Esta película encuentra su imperturbable y radiante majestuosidad en su calidad de lección de un gran maestro no sólo del cine, sino también de la vida. Un maestro que nos expone una irresistible filosofía en Fernando, su alter ego, un profesor al que, como a tantos otros, jubilan con antelación en la actual Argentina a causa de la crisis. Desde el primer monólogo del protagonista, la belleza de sus palabras, el contenido arrebatadoramente directo y sensacional atrapa la atención del espectador. No dice nada nuevo, no sorprende por su visión, sino por la perfecta exposición de sus ideales, por el valor impagable de cada palabra que es pronunciada en pantalla y que no deja respiro al intelecto del público. Aristaráin nos habla de un mundo lleno de podredumbre, de panfletos políticos e ideológicos acomodados al dinero fácil, al ritmo de una sociedad de consumo y de bienestar. Pero también de una sociedad que, en el momento en que se desmorona, no es compasiva.

Con los fantásticos personajes y los recitales interpretativos de Federico Luppi y Mercedes Sampietro, el director y guionista, el autor en definitiva, nos muestra a unos héroes atípicos por su edad, por su ilusión y su entusiasmo en el crepúsculo de sus vidas. A pesar de la durísima crítica que lanza hacia el sistema, el mensaje de “Lugares comunes” es arrebatadamente esperanzador, gloriosamente entusiasta y colosalmente emotivo. Porque cuando pierden todo, a los protagonistas les queda un tesoro tan precioso como unos ideales libres, sin ataduras, y decidirán llevarlos a cabo, por fin, retirándose en una modesta villa campestre. El amor que se profesan a pesar del paso del tiempo, el goce que manifiestan en sus momentos compartidos, en sus “Lugares comunes”, el apoyo que uno otorga con placer al otro y la inagotable y riquísima conversación que no les ha abandonado en sus decenas de años de matrimonio es, asimismo, una elevada voz a la posibilidad de perpetuar la juventud hasta el mismo día de la muerte o incluso más allá. Y así, esta película, con su prodigiosa presentación de personajes, con su formidable guión, consigue establecer un vivo vín-culo con el público que recibe, con la mente excitada y el corazón abierto, esta película no sólo como una pieza de arte que es, sino también como un gigantesco, maravilloso y universal consejo, un modelo para orientar su vida, un manual para encontrar la felicidad.


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