miércoles, 18 de agosto de 2010

Orígenes esotéricos de las catedrales


Entre los siglos XI y XIV, en poco más de 250 años, Francia asistió a la construcción de 80 catedrales y más de 500 grandes iglesias. Algo muy similar ocurrió, aunque en menor medida, en otros países europeos, como Inglaterra, Alemania o España.

Semejante afán constructor ha estado siempre rodeado de un halo de misterio y, especialmente en las últimas décadas, multitud de trabajos han pretendido ver en estos prodigios del saber y la fe de la Edad Media, y en la aparición supuestamente repentina del estilo gótico, una demostración física y palpable del conocimiento esotérico de templarios o alquimistas. Sin embargo, buena parte de esta bibliografía dedicada a analizar el supuesto hermetismo de los templos medievales –y más especialmente de las catedrales góticas– suele contener numerosos errores. Entre ellos, uno de los más repetidos asegura que buena parte de las catedrales góticas, así como la creación de este estilo arquitectónico, tienen su origen en los caballeros templarios.

En realidad, si a alguien debemos el surgimiento del gótico es a Suger, abad de Saint-Denis, y es seguro que los célebres caballeros poco tuvieron que ver con la edificación de estos hermosos e impresionantes templos. ¿Significa esto que dichas creaciones medievales carecen de enigmas? Más bien el contrario. Ciertamente, los constructores medievales, auténticos creadores de estos complejos y sorprendentes «rascacielos», insuflaron en sus obras toda una serie de conocimientos y mensajes que podemos calificar de esotéricos sin que, por otra parte, ello implique que tales ideas resultasen heréticas o contrarias a las doctrinas de la Iglesia. Desde la concepción del edificio en un plano, pasando por su orientación o el trazado de su planta, todos y cada uno de los elementos de una catedral o una iglesia eran planteados cuidadosamente siguiendo unos esquemas cargados de simbolismo y de un conocimiento que en buena medida se había heredado de la antigüedad.

LA ESCUELA PITAGÓRICA

La principal herramienta constructiva de los maestros de obra medievales era la geometría, una disciplina que todo constructor tenía la obligación de dominar a la perfección. Con la única ayuda de figuras geométricas simples, como el círculo, el cuadrado y el triángulo, los constructores eran capaces de crear las plantas y los alzados más complejos y hermosos. Sin embargo, y a pesar del dominio que mostraban en esta disciplina, la base de dicho conocimiento no era un logro propio, si no que procedía de la más remota antigüedad, aunque fue la Escuela Pitagórica la que se hizo más célebre por aplicar dicho saber. La secta creada por este sabio de Samos en el siglo VI a.C. fundamentaba todas sus enseñanzas en la importancia del número como medida de todas las cosas. Pitágoras y sus seguidores no veían los números –y las figuras geométricas que se derivaban de ellos– como simples cifras, sino que les atribuían un valor simbólico y místico. Así, entre los números considerados «divinos» por los pitagóricos –hay otros, pero estos son los más destacados– está el 10, cuyo resultado se obtiene sumando los cuatro primeros números enteros: 1, 2, 3 y 4. Esta cifra, la Década, era representada por ellos mediante una figura geométrica llamada tetracktys, un triángulo equilátero formado por una base de cuatro puntos, que según iba ascendiendo tenía uno menos, hasta llegar a la cúspide, con uno solo.

Más importante aún que la Década fue su mitad, el cinco, la péntada y su representación geométrica, el pentalfa o pentagrama. Esta cifra era para los pitagóricos símbolo de la salud, del hombre, del crecimiento, de la armonía natural y del movimiento del alma. Del mismo modo, lo consideraban una cifra «nupcial», pues unía al primer número entero par (el 2), considerado por ellos como femenino, con el primer impar (el 3), de carácter masculino. Además, era también un símbolo del microcosmos y su representación geométrica, el pentagrama, contiene el número aúreo o divina proporción. La importancia de este símbolo era mucho mayor, pues el pentalfa era el símbolo utilizado por los miembros de dicha secta como signo de reconocimiento entre ellos.

Además de estos números sagrados, otra figura geométrica surgida de las doctrinas pitagóricas, el triángulo rectángulo del famoso Teorema de Pitágoras, tuvo también un interés especial para los arquitectos medievales. Este triángulo tiene la particularidad de que sus lados están en progresión aritmética: 3-4-5, y puede generarse mediante una herramienta llamada «cuerda de los constructores» y que consta de 12 espacios iguales. Todos estos conocimientos habrían sido adquiridos por Pitágoras, según la tradición, durante su estancia en Egipto, aunque desarrollados por él en su escuela de Crotona.

LA LEY DEL SECRETO

Pero además de estos conocimientos, la secta fundada por este sabio griego poseía algunas características que más tarde se repetirían en las logias de constructores medievales. La Escuela Pitagórica poseía una estructura o separación jerárquica entre sus alumnos, quienes eran divididos en matemáticos –quienes ya habían sido iniciados en los secretos de la escuela– y acusmáticos, los aprendices que todavía esperaban su iniciación y que hasta entonces recibían enseñanzas simples, siempre tras una cortina que les impedía ver al maestro, a quien se limitaban a escuchar de viva voz. Una jerarquización similar existía en las logias de constructores medievales, quienes se dividían en aprendices, oficiales y maestros. Por otra parte, entre los pitagóricos existía una «ley de secreto», que les impedía revelar los conocimientos aprendidos a los no iniciados. Si alguien quebrantaba esta ley, era considerado un hereje de forma inmediata, y repudiado e ignorado por todos.

Esta misma «regla de silencio» la encontramos entre los constructores medievales, como evidencian algunos documentos que se conservan. Los Estatutos de Ratisbona, de 1459, son explícitos en este sentido: «Ningún trabajador, ni maestro, ni jornalero enseñará a nadie, se llame como se llame, que no sea miembro de nuestro oficio y que nunca haya hecho trabajos de albañil, cómo extraer el alzado de la planta de un edificio». Se establecía así una obligación de secreto que obligaba al aprendiz que había sido iniciado en el grado de oficial a no revelar los nuevos conocimientos adquiridos. Al igual que sucedía con los pitagóricos y su pentagrama, entre los constructores medievales existían también signos y señas de reconocimiento, que no podían ser reveladas, y que eran recibidas al completar el aprendizaje. Entre estos símbolos se encontraban los famosos compases, escuadras, plomadas y niveles, que siglos más tarde serían adoptados por la masonería especulativa.

Por otro lado, no todos aquellos que lo deseaban eran aceptados como aspirantes a futuros oficiales o maestros. Además de una serie de requisitos «básicos» (haber nacido libre –no esclavo– y ser hombre «de buenas costumbres, no vivir en concubinato y no entregarse al juego), no se admitía a los aprendices si éstos no manifestaban poseer aptitudes especiales para comprender el lenguaje simbólico utilizado por maestros y oficiales, el cual estaba especialmente plasmado en esculturas y fachadas. Todas estas enseñanzas y conocimientos de la escuela pitagórica pasaron a las logias medievales gracias a dos vías: en primer lugar mediante la arquitectura, a través de a los constructores romanos (los llamados Collegia Frabrorum) y, por otra parte, a través de la filosofía platónica y neoplatónica, deudora de Pitágoras, y recogida por los Padres de la Iglesia. el número, pensamiento divino La huella de estas doctrinas esotéricas, aplicadas por los constructores, es evidente en los diseños realizados en catedrales y templos medievales, pues todos ellos siguen las reglas de un tipo de matemáticas sagradas, tal y como señala el historiador del arte y experto en simbología Emile Mâle, en su libro Arte religioso en la Francia del siglo XIII: «Esquemas de este tipo presuponen una creencia razonada en la virtud de los números y, de hecho, en la Edad Media nadie dudó que los números estaban dotados con algunos poderes ocultos».

El propio San Agustín creía que cada número tenía un significado divino, pues interpretaba los números como pensamientos de Dios: «La Sabiduría Divina está reflejada en los números impresos en todas las cosas». Conocer la ciencia de los números, equivalía a conocer la ciencia del Universo y, por lo tanto, a dominar sus secretos.

GEOMETRÍA SAGRADA

Esta importancia de la matemática y los números es especialmente evidente en el papel destacado de la geometría (que no es sino una plasmación gráfica de estos últimos). En El simbolismo del templo cristiano (Ed. José J. Olañeta, 2000), Jean Hani, profesor de la Universidad de Amiens, señala al respecto: «La geometría, base de la arquitectura, fue hasta el comienzo de la época moderna una ciencia sagrada, cuya formulación por lo que a Occidente se refiere proviene precisamente del Timeo de Platón y, a través de éste, se remonta a los pitagóricos». En época medieval se popularizó también la representación de Dios como geómetra, el Creador como Gran Arquitecto del Universo, una designación que pasaría siglos después a la masonería especulativa. En estas representaciones Dios aparece representado con un compás, uno de los emblemas de los maestros constructores, que también aparece plasmado en muchos edificios medievales. Esta importancia extraordinaria de la geometría se hace manifiesta en algunos de los textos conservados de los maestros masones, en los que a su vez se aprecia también el carácter secreto de sus enseñanzas, como en este cuarteto de época medieval: «Un punto hay en el círculo que en el cuadrado y triángulo se coloca. ¿Conoces tú este punto? ¡Todo irá bien! ¿No lo conoces? ¡Todo será en vano!»

Una de las figuras geométricas más importantes entre los constructores medievales, el pentagrama, evidencia de nuevo sus raíces pitagóricas. El profesor Santiago Sebastián, en su libro Mensaje simbólico del arte medieval (Ed. Encuentro, 1996), al referirse a la importancia de la geometría en los templos románicos, explica: «Más importante como figura clave fue el pentágono, que poseía la llave de la geometría y de la sección áurea, e incluso poseyó poderes mágicos».

El estudioso Matila Ghyka, autor de El número de Oro (Ed. Poseidón, 1978), menciona algunas de ellas: en Notre-Dame de París, dentro de un rosetón pentagonal de una vidriera; en la «rosa» norte de Saint-Ouen en Rouen, así como en el rosetón norte de la catedral de Amiens. Otra muestra de la importancia que tuvo esta figura pitagórica la encontramos en los cuadernos de trabajo del maestro arquitecto Villard de Honnecourt, que vivió en el siglo XIII, y cuyos diseños suponen hoy una pieza inigualable para conocer cómo vivían y trabajaban los miembros de las corporaciones de constructores. Pues bien, en estos cuadernos de dibujo, hoy conservados en la Biblioteca Nacional de Francia, vemos como la figura del pentagrama aparece repetidamente como base para el diseño de plantas, alzados, rostros humanos, animales, etc…

ARMONÍAS Y PROPORCIONES

Todavía hoy, y a pesar de las numerosas modificaciones que han sufrido buena parte de estos templos medievales, es posible apreciar la singular belleza y armonía que desprenden algunas de estas construcciones. Esta atmósfera especial, capaz de llevar al recogimiento a quien recorre su interior, no es una sensación subjetiva, sino más bien al contrario. Tiene su origen en otra de las piezas clave utilizadas por los maestros constructores, y que igualmente se basaba en el número: la relación o proporción entre las distintas partes del edificio. Entre estas proporciones destaca especialmente la célebre sección áurea o «divina proporción», el número phi, presente en la figura del pentagrama, como ya hemos visto, . Mediante el uso de esta y otras proporciones, los maestros constructores vinculaban sutilmente las distintas partes del edificio, formas, volúmenes y superficies. Igualmente importantes para esta cuestión fueron otros dos números ya mencionados, y que eran sagrados para los pitagóricos: la Década o Tetracktys y su mitad, la Péntada.

Tal y como explica Jean Hani: «La Década era el número mismo del Universo, base de la generación de todos los números presentados, planos o sólidos y, por tanto, de los cuerpos regulares correspondientes a algunos de ellos; y baste también de los acordes musicales esenciales (…) La Péntada, el pentáculo, polígono estrellado o estrella de cinco brazos, fue el símbolo del amor creador y de la belleza viva y armoniosa, expresión de ese ritmo imprimido por Dios a la vida universal. Servía para determinar correspondencias armónicas pues, entre todos los polígonos estrellados, éste es el que ofrece directamente un ritmo basado en la proporción o número de oro, que es la característica por excelencia de los organismos vivos». Además, estos dos números aparecían también de forma habitual en el propio plano generador del edificio, pues en muchos casos el «círculo rector» creado al orientar el templo (ver recuadro) era dividido en cinco o diez partes, lo que generaba diseños en los que los elementos estaban unidos por proporciones áureas.

GEMATRÍA: LA CÁBALA EN PIEDRA

Otro de los aspectos esotéricos de las construcciones medievales, igualmente relacionado con los números y sus mensajes ocultos, es el de la gematría. De forma similar a lo que ocurre en la tradición hebrea con la cábala, la gematría es una «ciencia tradicional» que interpreta de forma simbólica las palabras a partir del valor numérico de sus letras, ya sean hebreas o griegas. En ambos casos es posible traducir las palabras a números, e interpretar estos de manera simbólica, y viceversa. «Difícilmente hubo un teólogo medieval –explica Emile Mâle– que no buscara en los números la revelación de la verdad oculta. Algunos de sus cálculos recuerdan vívidamente a los de la Cábala». Esta práctica cabalística y mística también fue conocida y empleada de forma habitual por los maestros constructores de la Edad Media, existiendo numerosos ejemplos que dan prueba de ello.

Uno de los más llamativos se encuentra en la catedral de Troyes (Francia). Allí podemos comprobar que la clave de la cabecera está a una distancia del suelo de 88 pies y 8 pulgadas. 888 es la cifra que obtenemos si, usando la gematría, traducimos el hombre de Jesús en griego: IHSOUS o lo que es lo mismo: I(10) + H(8) + S (200) + O (70) + U (400) + S (200)= 888.

Por otra parte, algunos pilares miden 6 pies y 6 pulgadas, y la iglesia tenía 66 de estos pilares. Sobre aclarar que el 666 es el número de la Bestia, tal y como cita el Apocalipsis, y que los pilares –que sostienen las bóvedas y simbolizan a los apóstoles– deben aplastar al Maligno. Tal y como explica Jean Hani en su obra, este simbolismo gemátrico de Troyes parece aludir continuamente al Apocalipsis de san Juan, pues también encontramos en este templo 144 ventanas (en alusión a los 144.000 elegidos), y el triángulo utilizado para obtener el alzado del templo, «oculta» un ángulo de 26 grados, cifra del nombre de Dios en hebreo: IHVH. Hani cita otros ejemplos: en la iglesia de Saint-Nazaire, en Autun, la longitud y la anchura del templo suman 257, cifra que equivale a NAZER. Ésta palabra significa «la corona del príncipe» y unida al Nazaire del nombre de la iglesia quiere decir: «la corona del Rey Jesús, el Nazareno».

Del mismo modo, la longitud de la catedral de Notre-Dame de París es de 390 pies, que gemátricamente significa: «ciudad de los cielos». Identica cifra y mensaje lo encontramos también en la iglesia francesa de Saint-Lazare de Autun, «oculto» en las medidas de tres ventanas del crucero. Este uso simbólico del número tampoco era una creación original de los constructores medievales sino que, una vez más, fue heredado de prácticas más antiguas. Así, el estudioso y sacerdote monseñor Devoucoux, demostró que los antiguos templos de Jano y Cibeles, así como el de Artemisa en Éfeso, fueron erigidos empleando el simbolismo de la gematría.

LA ORIENTACIÓN DE LOS TEMPLOS

Al igual que sucede con el conocimiento relacionado con el simbolismo del número y las proporciones, la orientación de los templos cristianos también fue heredado de los antiguos constructores, y tuvo una importancia casi religiosa entre egipcios, griegos y romanos. Este ritual de orientación, indisolublemente unido al de fundación, establece una relación del edificio con el Cosmos. En la antigüedad clásica, los templos estaban dispuestos con la puerta de entrada hacia el Este, de forma que, con la salida del Sol, los rayos de luz iluminaran la estatua del dios custodiada al fondo del templo.

Con la llegada del cristianismo, las primeros iglesias continuaron esta tradición, aunque tras el Concilio de Nicea se estableció que fuera la cabecera la que estuviera mirando a la salida del Sol, y no la puerta. De este modo, cuando el astro rey iniciaba su ascenso los rayos de luz entraban a través del ábside, identificándose la luz con el propio Cristo. Esta orientación tenía también otros significados simbólicos, como explica Jean Hani: «La puerta está al oeste, a poniente, en el lugar de menos luz, que simboliza el mundo profano o, también, el país de los muertos. Al entrar por la puerta y avanzar hacia el santuario, uno va al encuentro de la luz: es una progresión sagrada, y el cuadrado largo es como un camino que representa la ‘Vía de Salvación’, la que conduce a la ‘tierra
de los vivos’, a la ciudad de los santos, donde brilla el Sol divino».

Revista “Enigmas”

Passacaglia from King Arthur - Henry Purcell



"El Rey Arturo" es una semiópera, es decir, un espectáculo con números musicales muy refinados y grandes efectos escénicos, donde intervienen personajes mitológicos, pero cuya acción dramática no se interpretaba ni cantaba, sino que se recitaba. El creador de este género, típico del barroco inglés, fue Thomas Betterton, director del Teatro del Duque de Londres.

El autor del libreto de esta ópera es John Dryden y su estreno tuvo lugar en mayo o junio de 1691 en el Teatro de la Reina de Londres. Su éxito fue arrollador, manteniéndose continuamente en cartel hasta mediados del siglo XIX. La trama se basa en las batallas entre los británicos liderados por el Rey Arturo y los sajones, en lugar de las leyendas de Camelot (aunque Merlín hace una aparición). Se trata de un Espectáculo de la Restauración que incluye a personajes sobrenaturales como Cupido y Venus, además hace referencia a los dioses germánicos de los sajones, Woden, Thor y Freya. El centro de la historia trata sobre los esfuerzos de Arturo por recuperar su prometida, la princesa de Cornualles, Emmeline, que ha sido secuestrada por su archi-enemigo, el rey sajón, Oswald de Kent.

jueves, 5 de agosto de 2010

EL LIBRO DEL TAO. Lao Tse


1. Tao

El Tao que puede conocerse no es el Tao.
La sustancia del Mundo es solo un nombre para el Tao.
Tao es todo lo que existe y puede existir;
El Mundo es solo un mapa de lo que existe y puede existir.

Las experiencias externas sirven para sentir el Mundo,
Y las experiencias internas, para comprenderlo.
Los dos tipos de experiencia son lo mismo dentro del Tao;
Son diferentes solo entre los hombres.
Ninguna experiencia puede contener al Tao
El cual es infinitamente más grande y más sútil que el Mundo.

2. Cualidades

Cuando se reconoce la Belleza en el Mundo
Se aprende lo que es la Fealdad;
Cuando se reconoce la Bondad en el Mundo
Se aprende lo que es la Maldad.

De este modo:
Vida y muerte son abstracciones del crecimiento;
Dificultad y facilidad son abstracciones del progreso;
Cerca y lejos son abstracciones de la posición;
Fuerza y debilidad son abstracciones del control;
Música y habla son abstracciones de la armonía;
Antes y después son abstracciones de la secuencia.

El sabio controla sin autoridad,
Y enseña sin palabras;
Él deja que todas las cosas asciendan y caigan,
Nutre, pero no interfiere,
Dá sin pedirle,
Y está satisfecho.


3. Control

No alabando al honrado se evita el engaño,
No estimando lo raro se evita el robo,
No ostentando la belleza se evita la lujuria.

Así pues, el sabio controla a la gente:
Vaciando sus corazones,
Llenando sus vientres,
Debilitando sus ambiciones,
Y fortaleciendo sus cuerpos.

Si la gente carece de conocimiento y deseo
El más hábil entre ellos es incapaz de actuar;
Si se evitan las acciones
Todos viven pacíficamente.


4. Propiedades del Tao
Tao es una nave sin fondo;
Usado por sí mismo, no se llena con el Mundo;
No puede ser cortado, limitado, ocultado o inmovilizado;
Sus profundidades están escondidas, ubicuo y eterno;
Desconozco de donde proviene;
Llegó antes que la Naturaleza.


5. Naturaleza

La Naturaleza no es amable;
Trata a todas las cosas imparcialmente.
El sabio no es amable;
Trata a toda la gente imparcialmente.

La Naturaleza es semejante a un fuelle;
Vacía, pero satisface todas las necesidades,
Cuanto más se mueve, más produce;
El sabio actúa de acuerdo al Tao de la misma forma
Y no puede ser agotado.


6. El corazón

Igual que el lecho de un río, el corazón nunca se llena.
Es un indescriptible
Cuya entrada es la fuente del Mundo;
Tao está siempre presente en él:
Mantenido sobre él, nunca fallará.


7. Uno mismo

La Naturaleza es eterna debido a que carece de conciencia de sí misma.

De este modo, el sabio:
Se sirve a si mismo en último lugar, y se encuentra atendido;
Observa a su cuerpo como accidental, y encuentra que resiste.
Debido a que no atiende a su Ego, éste se encuentra satisfecho.


8. Intimidad

El mejor de los hombres es semejante al agua,
La cual beneficia a todas las cosas, sin ser contenida por ninguna,
Fluye por lugares que otros desdeñan,
Donde se acerca más deprisa al Tao.

Así, el sabio:
Donde mora, se acerca más deprisa a la tierra,
En el gobierno, se acerca más deprisa al orden,
Hablando, se acerca más deprisa a la verdad,
Haciendo tratos, se acerca más deprisa a los hombres,
Actuando, se acerca más deprisa a la oportunidad,
En el trabajo, se acerca más deprisa a lo competente,
En sentimientos, se acerca más deprisa al corazón;
No lucha, y así permanece libre de culpa.


9. Metas

Tensa un arco hasta su límite y pronto se romperá;
Afila una espada al máximo y pronto estará mellada;
Amasa el mayor tesoro y pronto lo robarán;
Exige créditos y honores y pronto caerás;
Retirarse una vez la meta ha sido alcanzada es el camino de la Naturaleza.


10. Virtud

Abrazando al Tao, serás abrazado.
Con facilidad, suavemente, serás como renacido.
Aclara tu visión, serás iluminado.
Alimenta tu compasión, serás imparcial.
Abre tu corazón, serás aceptado.
Aceptando al Mundo abrazas el Tao.

Sosteniendo y alimentando,
Creando pero no poseyendo,
Dando sin pedir,
Controlando sin autoridad,
Eso es la virtud.


11. La Riqueza y lo Valioso

Treinta radios se unen en el centro;
Gracias al agujero podemos usar la rueda.
El barro se modela en forma de vasija;
Gracias al hueco puede usarse la copa.
Se levantan muros en toda la tierra;
Gracias a la puertas se puede usar la casa.
Así pues, la riqueza proviene de lo que existe,
Pero lo valioso proviene de lo que no existe.


12. Distracción

Demasiado color ciega el ojo,
Demasiado ruido ensordece el oido,
Demasiado condimento embota el paladar,
Demasiado jugar dispersa la mente,
Demasiado deseo entristece el corazón.

El sabio provee para satisfacer las necesidades, no los sentidos;
Abandona la sensación y se concentra en la sustancia.


13. Ansiedad

Los santos decían: "Alabanzas y culpas causan ansiedad;
El objeto de la esperanza y el miedo está en tu interior".

"Alabanzas y culpas causan ansiedad"
Puesto que esperas o temes recibirlas o perderlas.

"El objeto de la esperanza y el miedo está en tu interior"
Pues, sin un Ego, no pueden afectarte la fortuna o el desastre.

Por tanto:
El que observa al Mundo como se observa a sí mismo es capaz de controlar el Mundo;
Pero el que ama al Mundo como se ama a sí mismo es capaz de dirigir el Mundo.


14. La continuidad del Tao

Lo que se mira pero no puede ser visto está más allá de la forma;
Lo que se escucha pero no puede ser oido está más allá del sonido;
Lo que se agarra pero no puede ser tocado está más allá del alcance;
Son cosas tan profundas que evaden la definición,
Y pasan a ser un misterio.

En su ascenso no hay luz,
En su caida no hay oscuridad,
Un hilo continuo más allá de la descripción,
Perfilando lo que no puede existir,
Su forma es no-forma,
Su imagen es ninguna,
Su nombre es misterio,
Afrontandolo, no tiene rostro,
Siguiendolo, no tiene espalda.

Comprende el pasado, pero atiende el presente;
De este modo se conoce la continuidad del Tao,
El cual es su esencia.


15. Los Santos

Los Santos alcanzaron una comprensión
tan profunda que ellos no podían ser comprendidos.

Debido a no poder comprenderles
Tan solo se puede describir su apariencia:
Cautos, como aquel que cruza sobre hielo fino,
Atentos, como aquel que presiente un peligro,
Modestos, como aquel que es un huesped,
Suaves, como el hielo que se funde,
Genuinos, como la madera no tallada,
Vacios, como el lecho de un rio,
Opacos, como el agua turbia.

Aquel que yace inmovil mientras el lodo se asienta,
Y permanece inmovil cuando el agua fluye,
No busca satisfacción
Y trasciende la Naturaleza.

16. Trascendiendo la Naturaleza
Vacía tu Ego completamente;
Abraza la paz perfecta.
El Mundo se mueve y gira;
Observale regresar a la quietud.
Todas las cosas que florecen
Regresarán a su origen.

Este regreso es pacífico;
Es el camino de la Naturaleza,
Eternamente decayendo y renovandose.
Comprender ésto trae la iluminación,
Ignorar esto lleva a la miseria.

Aquel que comprende el camino de la Naturaleza llega a apreciarlo todo;
Apreciandolo todo, se convierte en imparcial;
Siendo imparcial, se convierte en magnánimo;
Siendo magnánimo, se convierte en parte de la Naturaleza;
Siendo parte de la Naturaleza, se hace uno con el Tao;
Siendo uno con el Tao, se alcanza la inmortalidad:
Piensa que el cuerpo perecerá, el Tao no.


17. Gobernantes

Los mejores gobernantes son apenas conocidos por sus vasallos;
Los siguientes mejores son amados y alabados;
Los siguientes son temidos;
Los siguientes despreciados:
No tienen fé en sus vasallos,
Por tanto, sus vasallos tampoco tienen fé en ellos.

Cuando el mejor gobernante alcanza su objetivo
Sus vasallos lo celebran como si fuese el objetivo de ellos mismos.


18. Pérdida del Tao

Cuando el Tao se olvida
Deber y justicia degeneran;
Entonces, la sabiduría y la sagacidad
Se pierden bajo la hipocresía.

Cuando se deshacen las relacciones familiares
El respeto y la devoción degeneran;
Cuando una nación cae en el caos
Han de nacer la lealtad y el patriotismo.


19. Simplicidad

Si pudiesemos abandonar la sabiduría y la sagacidad
La gente podría disfrutar el ser todos iguales;
Si pudiesemos abandonar el deber y la justicia
Todo podría basarse en las relacciones de amor o amistad;
Si pudiesemos abandonar el artificio y el provecho
La corrupción y el robo podrían desaparecer.
Aún así, semejantes remedios solo tratarían los síntomas
Por tanto son inadecuados.

La gente necesita remedios personales:
Revela tu auténtico yo,
Abraza tu naturaleza original,
Abandona tu propio interés,
Controla tu deseo.


20. Soledad

No conozco nada y nada me preocupa.
No veo diferencia entre sí y no.
No veo diferencia entre bien y mal.
No temo aquello que la gente teme en la noche.

La gente está feliz como en una fiesta suntuosa
O jugando en el campo en primavera;
Pero yo permanezco tranquilo y vagabundeando,
Como un recién nacido antes de aprender a sonreir,
Solitario, sin hogar.

La gente tiene lo suficiente y para compartir,
Pero yo no poseo nada,
Y mi corazón es ignorante,
turbio y ensombrecido.

La gente está rediante y segura,
Mientras yo sigo ciego y confuso;
La gente es inteligente y sabia,
Mientras permanezco torpe e ignorante,
Sin objetivo, como una ola en la superficie del mar,
Sujeto a nada.

La gente está ocupada con un propósito,
Mientras sigo impractico y tosco.
Estoy aparte del resto de la gente
Todavía sostenido por la Naturaleza.


21. Expresiones del Tao

La virtud se expresa siguiendo al Tao.
Tao es evasivo e intengible
Pero expresa toda forma y sustancia;
Tao es oscuro y sútil
Pero expresa toda la Naturaleza;
La Naturaleza no cambia,
Pero expresa toda sensación.

Desde antes del conocimiento
El Tao ha expresado todas las cosas.
¿Cómo puedo saber?
Confiando en mis sentidos.


22. Aceptación y Contención

Acepta y serás completo,
Inclinate y serás recto,
Vacíate y quedarás lleno,
Decae, y te renovarás,
Desea, y conseguirás,
Buscando la satisfacción quedas confuso.

El Sabio acepta el Mundo
Como el Mundo acepta el Tao;
No se muestra a si mismo, y así es visto claramente,
No se justifica a si mismo, y por eso destaca,
No se empeña, y así realiza su obra,
No se glorifica, y por eso es excelso,
No busca la lucha, y por eso nadie lucha contra él.

Los Santos decían, "acepta y serás completo",
Una vez completo, el Mundo es tu hogar.


23. Habla y Confianza

La Naturaleza dice pocas palabras:
El viento fuerte no dura mucho,
La lluvia torrencial no cae durante mucho tiempo.
Si las palabras de la Naturaleza no permanecen
¿Por qué habrían de hacerlo las del Hombre?

Para seguir el Tao, conviertete en Tao; el Tao te aceptará.
Para dar virtud, conviertete en virtud; la virtud te aceptará.
Si pierdes con el Tao, la pérdida te aceptará.
Has de confiar para que confíen en tí.


24. Tumores

Si te mantienes de puntillas no te mantienes mucho tiempo;
Si dás pasos demasiado largos no puedes caminar bien;
Si te muestras a tí mismo no puedes ser bien visto;
Si te autojustificas no puedes ser respetado;
Si te halagas a ti mismo no puedes ser creído;
Si te enorgulleces demasiado no puedes alcanzar la excelencia.
Todos estos comportamientos son excrecencias y tumores,
Cosas desagradables evitadas por el virtuoso.


25. Cuatro Infinitos

Antes de que existiese el Mundo
Estaba el Misterio:
Silencioso, sin fondo,
Solitario, inmutable,
En todas partes y siempre en movimiento,
La Madre del Mundo.
No conozco su nombre, por lo que le llamo Tao;
No conozco su límite, por lo que le llamo Infinito.

Siendo infinito, fluye para siempre,
Fluyendo para siempre, vuelve a Sí Mismo.

Uno Mismo sigue el camino del Mundo;
El Mundo sigue el camino de la Naturaleza;
La Naturaleza sigue el camino del Tao;
El Tao es el Camino.

Tao es infinito,
por tanto la Naturaleza es infinita,
por tanto el Mundo es infinito,
por tanto Uno Mismo es infinito.
Son cuatro Infinitos,
Y el Yo es uno de ellos.


26. Calma

La gravedad es el origen de la ligereza,
La Calma, la dueña de la agitación.

Así pues, el que dirige una gran empresa
no debe actuar con ligereza o agitación.
Actuando a la ligera, pierde contacto con el Mundo,
Actuando agitadamente, pierde contacto consigo mismo.

El sabio viaja todo el día sin perder el control;
Rodeado de cosas deseables, permanece en calma y sin sujecciones.


27. Atención

El buen viajero no deja huella que pueda seguirse,
El buen hablador no deja palabras que puedan ser cuestionadas,
El buen contable no deja cálculo sin comprobar,
El buen cerrajero no deja cerradura que pueda ser forzada,
El buen atador no deja nudo que pueda ser deshecho.

Así, el sabio cuida a todos los hombres
y no abandona a ninguno.
Acepta todo y no rechaza nada.
Atiende hasta el menor detalle.

Así el fuerte debe guiar al débil,
pues el débil es el material de donde hacer a los fuertes.
Si la guía no es respetada
O el material no es cuidado
Se origina confusión, no importa cuan inteligente sea uno.
Esta es la esencia de la sutileza.


28. Convertirse en femenino

Conociendo lo masculino, y convirtiendose en lo femenino,
Se llega a ser la vía a través de la cual se mueve el Mundo,
Estar unido a la virtud,
Y renacer de nuevo.

Conociendo la luz y convirtiendose en la oscuridad,
Uno se convierte en el Mundo,
Llegando a ser la virtud,
Y volviendo al Tao.

Conociendo el honor y siendo humilde,
Uno se convierte en el valle del Mundo,
Llenandose de la virtud,
Y siendo como un tronco no cortado.

Cuando el tronco es cortado se convierte en herramientas.
Usadas por el sabio, son poderosas;
Así pues, un buen carpintero no desperdicia madera.


29. Ceguera

Aquellos que desean cambiar el Mundo
De acuerdo con sus deseos
Nunca tienen éxito.

Al Mundo le dá forma el Tao;
No puede darse forma a sí mismo.
Si alguien intenta darle forma, le daña;
Si alguien intenta poseerle, le pierde.

Así pues:
A veces las cosas florecen, a veces no.
A veces la vida es dura, a veces es fácil.
A veces la gente es fuerte, a veces es débil.
A veces llegas a donde quieres ir, a veces te quedas en el camino.
Por ello el sabio no es extremo, extravagante o complaciente.


30. Violencia

Los hombres poderosos no deben usar la violencia,
Pues la violencia tiene la costumbre de retornar;
Las zarzas crecen donde quiera que vaya un ejército,
Y años de hambre siguen a una guerra.

Un general está bien advertido:
De que ha de hacer nada más que lo que indican sus órdenes,
No importa cuan fuerte sea su ejército;
De que ha de conseguir cumplir sus órdenes,
Pero no la gloria o el sentirse orgulloso;
De hacer lo que dicta la necesidad,
Pero no la sed de sangre;
Pues, incluso la más poderosa fuerza decaerá con el tiempo,
Y la violencia volverá en contra, y le destruirá.


31. Herramientas de violencia

Los soldados son herramientas de violencia, temidos por todos;
El sabio no los empleará.
Su propósito es la creación;
El de ellos es la destrucción.

Las armas son herramientas para la violencia, no para el sabio;
El las usará cuando no hay otra elección,
Pues valora la paz y no se deleita en la conquista.

Pues quien se deleita en la conquista
Se deleita en el sufrimiento de los hombres;
Y quien se deleita en el sufrimiento de los hombres no puede controlarlos.

Los que matan en la guerra deberían llorar
Y celebrar la conquista con un funeral.


32. Forma

El Tao no tiene una auténtica definición.
Como la madera antes de ser cortada, no puede ser usado;
Si un gobernante comprende esto
Todo su país será floreciente
Y la gente obedecerá en armonía con él mismo,
Tal y como cae una lluvia suave.
Sin necesidad de dar órdenes para que se comporten con equidad.

Cuando al Tao se le dá forma para su uso,
La forma recibe un nombre en el Mundo;
No deberían de tenerse demasiados nombres
para contener a las formas;
En lugar de esto, dejad al Tao fluir hacia si mismo en el Mundo
Como el agua fluye en el lecho del río hacia el mar.


33. Virtud

El que conoce a los hombres es sabio;
El que se conoce a si mismo está iluminado.
El que vence a los otros es fuerte;
El que se vence a sí mismo es poderoso.
El que se contenta con lo que tiene es rico;
El que obra con determinación tiene voluntad.
El que es capaz de mantener su posición resistirá mucho tiempo;
El que es capaz de mantener su influencia vivirá después de su muerte.


34. El Tao no tiene favoritos

El Tao infinito fluye por todas partes, creando y destruyendo,
Realizando el Mundo, atendiendo al más pequeño detalle,
Sin pedir nada a cambio.

Nutre todas las cosas, sin controlarlas;
Carece de intención,
Por lo que parece inconsecuente.

Es la sustancia de todas las cosas,
Pero no somete a control a ninguna;
No hace excepciones,
Por lo que es importante para todas.

A causa de que no favorece a ninguna cosa finita,
Es infinito.


35. Paz

El Tao carece de forma y aroma;
No puede ser visto ni oido,
Y su aplicación no puede ser agotada.

Si ofreces música y comida
Los extraños se detienen a tu lado;
Pero si estás de acuerdo con el Tao
La gente del Mundo te mantendrá
En seguridad, salud, compañía y paz.


36. Influencia

Para reducir la influencia de alguien, aumentala primero;
Para reducir la fuerza de alguien, incrementala primero;
Para hacer caer a alguien, primero haz que se eleve;
Para tomar algo de alguien, dale algo primero.

Esta es la sutileza con la cual el débil vence al fuerte,
Así como el pez no debería abandonar sus profundidades,
Y el soldado no debería abandonar su camuflaje.


37. Tranquiliza el corazón

El Tao no actúa, y así no deja nada por hacer.
Si uno entiende esto
Todas las cosas del Mundo florecen naturalmente;
Floreciendo, solo están restringidas por la Naturaleza.

La Naturaleza no tiene deseos;
Sin deseos, el corazón alcanza la tranquilidad,
Y así el Mundo en su totalidad puede permanecer en calma.


38. Religión

El virtuoso no actúa.
El amable actúa sin interés propio;
El justo actúa no desatendiendo su propio interés;
El religioso actúa para reproducir su propio interés.

Si el Tao se pierde, queda la virtud;
Si la virtud se pierde queda la amabilidad;
Si la amabilidad se pierde, queda la justicia;
Si la justicia se pierde, queda la religión.

Las jerarquías bien establecidas no pueden desarraigarse fácilmente;
Las creencias firmes no pueden cambiarse fácilmente;
Por eso la religión permanece generación tras generación.

La religión es el fín de la virtud y la honestidad,
El comienzo de la confusión;
La Fé es una esperanza o miedo muy colorida,
El origen de la estupidez.

El sabio actúa por conocimiento, no por esperanza;
Confía en el fruto, no en la flor;
Acepta lo que tiene, rechaza las promesas futuras.


39. Completitud

En tiempos míticos todas las cosas estaban completas:
Todo el cielo estaba despejado,
Toda la tierra era estable,
Todas las montañas eran altas,
Todos los ríos estaban llenos,
Toda la Naturaleza estaba viva,
Todos los gobernantes eran apoyados.

Pero sin claridad, el cielo se nubla;
Sin estabilidad, la tierra se rompe;
Sin fuerza, la montaña se erosiona;
Sin agua, el río se seca;
Sin vida, la Naturaleza se agosta;
Sin apoyo, los gobernantes caen.

Así pues, los gobernantes dependen de su gente,
El noble depende del humilde;
Y los gobernantes se muestran a si mismos huerfanos, solitarios o imposibilitados,
Para ganar el apoyo del pueblo.

La completitud no gana apoyos.
Así pues, hay debilidad en el poder,
Y poder en la debilidad;
Antes que tintinear como el jade,
Uno debería retumbar como las piedras.


40. Aplicación del Tao

El movimiento del Tao es retornar;
El uso del Tao es aceptar;
Todas las cosas derivan del Tao,
El Tao no deriva de ninguna.


41. Taoismo

Cuando el fuerte aprende el Tao, lo practica con diligencia;
Cuando el avanzado aprende el Tao, lo practica en ocasiones;
Cuando el débil aprende el Tao, se alegra y ríe;
Aquellos que no ríen no han aprendido nada.

Así está dicho:
Quien comprende el Tao, parece incoherente;
Quien progresa en el Tao, parece fallar;
Quien sigue el Tao, parece vagabundear.

Así la mayor fuerza aparenta vulnerabilidad;
La verdad más brillante aparenta matices;
El carácter más pleno aparenta ser incompleto;
El corazón más fuerte aparenta debilidad;
La Naturaleza más hermosa aparenta inconstancia.

Así el cuadrado, perfeccionado, no tiene esquinas;
El arte, perfeccionado, no tiene sentido;
El sexo, perfeccionado, no tiene clímax;
La forma, perfeccionada, carece de forma.

Así el Tao no puede sentirse ni conocerse:
Transmite sensación y trasciende el conocimiento.


42. Armonía

Tao lleva a la virtud;
La virtud lleva a la contención;
La contención lleva a la aceptación;
La aceptación lleva al Mundo;
Todas las cosas comienzan con virtud y terminan con contención,
Pero es la aceptación la que lleva a la armonía.

Como otros enseñaron, yo enseño:
"Aquello sin armonía termina con violencia";
Esta es mi enseñanza.


43. Venciendo lo Imposible

Lo blando vence a lo duro;
Lo que carece de forma penetra lo impenetrable;
Hay valor en no actuar.

Enseñando sin palabras,
Trabajando sin acción,
Es algo que pocos pueden comprender.


44. Contenerse

Fama o Ego: ¿Qué es más querido?
Ego o riqueza: ¿Qué es más valioso?
Beneficio o pérdida: ¿Qué es más doloroso?

Una gran virtud se expone a un gran desgaste,
Una gran riqueza se expone a un gran robo,
Pero una gran contención no expone a ninguna pérdida.

Así pues: El que sabe cuando detenerse
No continúa hacia el peligro,
Y puede resistir mucho tiempo.


45. Calma

La gran perfección semeja imperfecta,
Pero no decae;
La gran abundancia parece vacía,
Pero no se acaba.

Una gran verdad parece contradictoria;
Una gran inteligencia parece estupidez;
Una gran elocuencia parece incomprensible.

Aunque parece que la acción vence a la contención,
La inmovilidad vence al deseo;
Así pues, el que permanece calmado es quien tiene el control.


46. Deseo

Cuando el Mundo no está en acuerdo con el Tao,
Los caballos transportan a los soldados a través de los campos;
Cuando el mundo está de acuerdo con el Tao,
Los caballos tiran de arados a través de los campos.

No hay mayor maldición que el deseo;
No hay mayor miseria que el descontento;
No hay mayor enfermedad que la codicia;
Pero el que se conforma con lo que posee
Siempre será rico.


47. Conocimiento y Experiencia

Sin un solo paso más allá de la puerta
Puedes conocer el Mundo.
Sin una mirada hacia la ventana
Puedes ver el color del cielo.

Cuanto más experimentas, menos sabes.
El sabio vagabundea sin conocer,
Mira sin ver,
Alcanza sin actuar.


48. Conocimiento

El que persigue el conocimiento, adquiere tanto como puede cada día;
El que persigue al Tao, pierde tanto como puede cada día.

Alcanza un estado de inacción
Tal que sin hacer nada, nada queda sin hacer

martes, 27 de julio de 2010

EL VIAJE DE BALDASSARE de AMIN MAALOUF


La crítica considera a este escritor libanés un defensor del encuentro entre Oriente y Occidente; aboga por el conocimiento histórico de los errores que llevaron al conflicto a nuestras culturas en las lejanas Cruzadas - motivadas entonces por el fanatismo y la intolerancia de un cristianismo que atacó con saña a la cultura más avanzada del mundo - y que se reproducen hoy en día en el estallido fundamentalista islámico, cerrado en sí mismo y que demoniza el occidentalismo. Lejos de posicionarse en uno u otro bando por pertenecer, tanto por raíces como por ideología, a ambos, Maalouf canta a la hermandad entre los pueblos, a la tolerancia que permita el florecimiento y el respeto mutuo entre todos los hombres. Su credo no se materializa solo en su obra ensayística o en los artículos que, como profundo conocedor de las culturas mediterráneas, realiza desde hace más de veinte años, sino en sus novelas, como puede comprobarse en El viaje de Baldassare.

La novela de Maalouf es un canto a la tolerancia y al encuentro entre las diferentes culturas. No sería de extrañar su redescubrimiento en el cercano Fórum de las Culturas 2004 de Barcelona, pues las ideas en ella contenidas bien podrían instituirse en manifiesto de dicho evento y del espíritu que defiende. Confieso que en una primera lectura me chocó la diversidad que dibuja el autor en la Gibeleto - la posterior Biblos y actual Jubayl, en Líbano - del XVII y en los restantes parajes que en su periplo recorrerá Baldassare: él, paradigma del encuentro entre ambas culturas - occidental por su origen genovés y dogma cristiano, oriental por haber nacido en Líbano y por su profundo conocimiento del saber de su tierra -, se codeará sin prejuicios con judíos como Maimún, con protestantes holandeses como el pastor Coenen o ingleses, en su viaje a Londres; con musulmanes de toda índole e incluso con ortodoxos moscovitas como Evdokim, al que Baldassare llama socarronamente y sin malicia “cismático extraviado”. En su novela descarga Maalouf su ansía de un mundo más justo, en el que nadie deba sentirse humillado por sus creencias o fe, y pone en boca de su protagonista, Baldassare, su esperanza más profunda, rodeada aún de escepticismo, recelosa de la maldad de los hombres:

Me dicen que es la única ciudad del mundo [Amsterdam] en la que un hombre puede decir “soy judío”, como otros dicen en su país “soy cristiano” o “soy musulmán”, sin temer por su vida, por sus bienes, o por su dignidad. [...]

Un día, si Dios quiere, toda la tierra será Ámsterdam.

Sonrió con amargura.

18 de septiembre, página 73.

Y, sin embargo, tras esta alegoría que impregna todo el texto, el final no es todo lo esperanzador que, creo, desearía el autor: Baldassare deja Gibeleto, harto de sentirse extraño en su patria, y acepta volver a Génova, donde sin embargo también se siente extranjero. Pero de ello hablaremos más adelante.

Pasemos antes al argumento, a la historia que nos narra Maalouf, con prosa elegante y sin recarga ostentosa, que a mi juicio dota a la narración de un ritmo ágil y dinámico sin caer por ello en la vulgaridad, en ese escenario que tanto ama, el Mediterráneo que siempre defenderá como lugar de encuentro entre las culturas.

Baldassare Embriaco, protagonista e imbuido de componentes autobiográficos del propio Maalouf - cristiano nacido en Oriente, respetuoso como el autor por las demás culturas, etnias o dogmas -, es un próspero librero de la Gibeleto de mediados del siglo XVII. Cercano el año 1666, las profecías sobre el advenimiento del Anticristo en tan funesta fecha destruyen la placidez que dominaba su vida hasta entonces, y son muchos los que vuelven su mirada hacia un mítico libro, El Centésimo nombre, sobre el que ya le advirtió un extraño moscovita dieciocho años atrás. A falta de escasos meses para la llegada del que muchos consideran el Año de la Bestia, Baldassare se muestra escéptico sobre la veracidad de tan agoreras predicciones, pero no cierra totalmente la puerta a los rumores que sacuden su mundo con una coraza de jocosa incredulidad.

Es precisamente a sus manos escépticas a las que llega, por una casualidad - que su sobrino Buméh interpreta como voluntad divina -, el libro de Mazandarani, El Centésimo Nombre, tomo cabalístico que, según la tradición musulmana, contiene el Nombre Secreto de Alá y protege a su poseedor de las desgracias de la cólera divina. Antes de poder comprobarlo, sin embargo, el infortunio se alía contra Baldassare, quien prácticamente se ve obligado a vender el libro a un emisario francés, Hughes de Marmontel, que emprende con él viaje a Constantinopla.

Relatado esto a sus sobrinos, Habib y Buméh, Baldassare se verá atrapado en la vorágine del pánico por el advenimiento de la Bestia - personalizado en la figura de su agorero y arrogantemente erudito sobrino Buméh - y por los pueriles intereses de Habib, que ansía en secreto acompañar a Marta a Constantinopla y actúa así, tal vez, como herramienta decisiva en el Destino de su tío. Apremiado por éstos, Baldassare emprenderá viaje tras el emisario francés con la intención de recuperar, o siquiera leer, el libro que tal vez contiene la clave para evitar el Juicio Final sobre la descreída humanidad.

Llegamos aquí a la contradicción que emplea Maalouf como instrumento enriquecedor de su protagonista: Baldassare no es un fanático en pos de un libro “mágico”, como puede ser Buméh, pero tampoco es totalmente insensible a las predicciones que le rodean, y, como escribe en la intimidad de su cuaderno, “me he dejado ganar por la irracionalidad que me rodea”. El autor parece abogar una vez más por la moderación y por el respeto, rehuyendo de los extremos que impidan la comprensión y el acercamiento mutuos.

A lo largo del viaje, un nuevo elemento abrirá una trama paralela que gozará en muchos momentos del papel de principal en el corazón de Baldassare, para quien el libro de Mazandarani no será sino un añadido secundario: Marta. El viaje que el protagonista emprendiera en busca del libro cabalístico es en realidad un viaje iniciático, definidor de su propia personalidad - chocante por realizarlo Baldassare a la edad (muy avanzada en 1666) de cuarenta años -, y en este viaje descubrirá, además de todo lo relativo al trato entre los hombres de diferentes culturas y creencias y de la verdad sobre el Año de la Bestia, el Amor.

Un Amor, sentimiento excelso sublimado por la poesía y la tradición árabes, que Baldassare no conocía aún habiendo estado casado: de su trágica primera relación aún guarda heridas plasmadas en la intimidad de su diario y en la que podemos leer tal vez la crítica del autor a los matrimonios de conveniencia, en los que no prima la voluntad de los esposos.

Marta quiere viajar hasta Constantinopla para reclamar ante el Sultán un certificado de viudedad que le permita rehacer su vida y encontrar de nuevo el amor: más adelante tal cuestión permitirá a Maalouf hablar de la corrupción y avaricia de los hombres - los funcionarios inhumanos del Sultán, que exprimen sin piedad a los protagonistas -. Además, Maalouf no presenta a Marta como lo que la crítica occidental parece entender la “mujer árabe”: un ser sumiso, vacío y sin decisión, suspendida en una no-vida, totalmente dependiente del hombre. La Marta de Maalouf es un personaje vivo, que no se resigna, que lucha y que se apasiona, que tiene el valor de amar de nuevo y en ocasiones, más fuerte y decidida que el propio Baldassare.

Pero, en mi opinión, el interés desde que Marta se incorpora, por las artimañas de Habib, al grupo en Trípoli el 25 de agosto, es la evolución del amor que Baldassare siente por ella: ingenuo en ocasiones, quizá se nos antoje ceremonioso y envarado en exceso, pero también imbuido de la honorabilidad y la honestidad que, a mi juicio, harían que Baldassare fuera llamado “caballero” en todas las culturas. El suyo es un amor noble, y desde el principio, aún cuando su relación marital es una ficción, él hace suya la responsabilidad de proteger a Marta.

Sea mi mujer en la realidad o tan sólo en las apariencias, mi honor está ahora vinculado a ella, y tengo que preservarlo.

13 de septiembre, página 68.

Amén de la relación de amor entre ambos protagonistas, la historia del libro sufre un inesperado vuelco al llegar a Constantinopla: la muerte del caballero francés en un naufragio hace el pesimista Baldassare dé por perdido el preciado volumen, pero, ensimismado en su relación con Marta, no concluye el viaje. Incapacitada ésta para lograr el firmán del Sultán, y acosado Baldassare por unos bandidos que mediante coacciones quieren despojarle de una pequeña fortuna, el grupo debe huir precipitadamente de Constantinopla, recalando en Esmirna, donde la vorágine del fin del mundo parece haber enloquecido la sensata urbe, con la aparición del extraordinario Sabbattai.

Sabbattai es un fruto del pánico generalizado por el Año de la Bestia: un profeta que no reconoce la autoridad del Sultán, y cuya impunidad permite a muchos ver la realidad de las profecías. Recordemos que el Poder de la Puerta no se caracterizaba en el XVII por una tolerancia benevolente hacia agitadores de masas que se autoproclamaban Mesías.

Tras las discusiones surgidas con Maimún y el escepticismo de Baldassare, llega por fin 1666, el Año de la Bestia. Ningún suceso apocalíptico confirma las agoreras predicciones, pero nuevas interpretaciones fechan el fin del mundo en Noviembre. Entretanto el grupo se dirige a Quíos, tras saber que allí se encuentra con vida el marido de Marta, casado en segundas nupcias y llevando una vida respetable: en esta parte de la novela, la trama principal es el amor por Marta, mientras que el Centésimo Nombre es una reminiscencia, un recuerdo secundario - Baldassare sabe ya que el libro sobrevivió al naufragio que acabó con el caballero francés, pero antepone los intereses de su mujer a los suyos propios -. La esperanza del protagonista le hace vislumbrar el final de su aventura, y una vuelta a Gibeleto junto a Marta, convertida ésta en su esposa.

Los acontecimientos precipitan el final del segundo cuaderno y la separación de Baldassare y Marta. Incapacitado para recuperarla y traicionado por los ardides del esposo, Baldassare se ve obligado a huir de Quíos. La Fortuna - en sus propias palabras - le abandona con una mano y le recoge con otra. La segunda mujer del esposo de Marta resulta ser un ardid de éste para recuperarla, y las autoridades de Quíos destierran sin contemplaciones a Baldassare. Arrojado en el bergantín Charybdos, Baldassare será separado para siempre de su amada. En el barco conocerá al audaz capitán Domenico y pondrá, sin saberlo ni pretenderlo, rumbo a su hogar.

El tercer cuaderno se inicia en Abril del Año de la Bestia, en Génova. Este cuaderno me ha chocado por la aparente inevitabilidad del Destino que parece defender Maalouf: mientras que hasta ahora Baldassare había decidido, merced a su libre albedrío, sus actos y el devenir de su destino, en el cuaderno III, Un cielo sin estrellas, pasa a ser un sujeto pasivo, una marioneta del Destino. No emprende acción alguna para volver a Génova, y sin embargo llega allí, expulsado por los jenízaros. Ni siquiera sueña con reivindicar su ancestral apellido, y ya en el Puerto se encuentra casualmente con un aliado de su familia, el pintoresco Gregorio Mangiavacca.

Los Mangiavacca habían sido aliados de los Embriaci en la época de esplendor de la familia de Baldassare. A pesar de la ruina de éstos y de que su fortuna supera en mucho a la del propio Baldassare, Gregorio da muestras de inquebrantable lealtad, acogiendo a su “patrón” como si éste fuera aún uno de los Grandes de Italia. El propio Baldassare, supongo que de la misma manera que el lector, expresa su desconcierto:

He llegado a esta ciudad como el hijo pródigo, arruinado, perdido, desesperado, y es él quien me acoge como un padre.

5 de abril, página 259.

Tras varias semanas en su madre patria, Baldassare se debate aún por haber perdido a Marta, y por la suerte que hayan podido correr sus sobrinos y su criado Hatem. No actúa, sin embargo: su pesimismo parece imponerse y únicamente cursa cartas a su hermana, en Gibeleto, preocupándose por los suyos. Las decisiones sobre el destino de Baldassare volverán a tomarlas otros: en este caso, su anfitrión, Gregorio.

Ansioso por unirle a su familia, Gregorio le ofrece a Baldassare a su hija en matrimonio, cosa que turba en extremo a su huésped - en parte por su primer matrimonio, en el que sus padres le unieron a una muchacha que no le amaba y que murió meses después de la boda, en parte por la reminiscencia (cada vez más apagada) de su amor por Marta -. La inquietud y el desasosiego hacen que Baldassare decida abandonar la casa de su anfitrión (comportándose de forma un tanto desagradecida) y es entonces cuando Gregorio, a fin de evitar que su amigo abandone Génova para siempre, le “empuja” para que viaje a Inglaterra, en busca del Centésimo Nombre.

Bajo el dintel se hallaba un jovencísimo marinero que me preguntaba, sin soltar el picaporte si me disponía a marcharme a Londres. Quedé anonadado en ese mismo instante por lo que me pareció una llamada del Destino, y le dije que sí. (...)

Sé quien me ha empujado así y adivino mediante que ardides me ha hecho aceptar Gregorio la idea de partir hacia Inglaterra, pero no consigo comprender aún todos sus cálculos. Supongo que intenta todavía que me case con su hija, y que pretende evitar que regrese a Gibeleto, de donde acaso no habría vuelto jamás.

26-27 de abril, páginas 286-289.

Sea o no por su voluntad, Baldassare retoma la trama del libro de Mazandarani, pues con el objetivo de encontrar el ansiado libro parte a Londres. En el transcurso del viaje varias cosas le ocurrirán a Baldassare: la primera, su amistad con un veneciano (Venecia es el enemigo ancestral y por antonomasia de Génova, enemistados por siglos de luchas y rivalidad), el símbolo más claro de encuentro entre enfrentados: el diálogo une aquello que resulta insólito imaginar unido. El mismo Baldassare, soportando el peso de siglos de rencores y prejuicios, se sorprende de poder entablar una conversación con el veneciano, llamado Girolamo Duzarri. Y, socarronamente, cree oír los estertores agónicos de su padre desde el Cielo, viendo a su primogénito hablar con “el Enemigo”. El mensaje de Maalouf es claro: si ellos dos pueden entenderse, todos pueden. Desde el respeto, el conocimiento mutuo y el diálogo.

El siguiente episodio puede ser anecdótico o incluso irrelevante para el lector común, pero me produjo una tremenda alegría: en su viaje hacia Londres, Baldassare recala - el día 9 de mayo - en el puerto de Mahón, Menorca, donde yo nací. Aunque toda descripción que pueda hacerse sobre el hogar sea siempre insuficiente para relatar la belleza con que nosotros lo recordamos, agradecí enormemente a Maalouf que Baldassare hiciera escala en mi isla natal, en uno de los puertos más bellos del Mediterráneo.

Tras un accidentado viaje, en el que hace escala en Lisboa - donde Baldassare descubre que una nueva treta de Gregorio (confiarle una fuerte suma de dinero) le obliga, por su honor, a volver a Génova tras su viaje - el barco del protagonista es apresado por los holandeses, en guerra contra Inglaterra. Baldassare, junto al resto de tripulantes y pasajeros, es llevado prisionero a Ámsterdam, la ciudad que su amigo Maimún le definió como “paradigma de la libertad” y en la que él entra con grilletes. La utopía de Maalouf se resquebraja. ¿Es ésta la constatación de la derrota de sus ideales? Aún así, utópicos o no, él los defenderá hasta el final.

Tras su liberación, Baldassare llega por fin a Londres. Allí conoce al chaplain al que Wheeler ha vendido el libro, y tras conversar con el clérigo británico, éste le pone en sus manos por fin el Libro de Mazandarani. Baldassare acepta el trueque del anciano: le permitirá leerlo a cambio de que él se lo traduzca al latín.

El hallazgo por fin del Libro podría sugerir el fin de la historia. Y sin embargo, los esfuerzos de Baldassare resultan en vano: todo su viaje, desde la lejana Gibeleto hasta la capital inglesa. Todo en vano, pues el protagonista descubre que no puede leer el libro. Cada vez que intenta leerlo, la oscuridad se cierne sobre él. Maalouf mantiene aquí una ambigüedad equidistante: deja que sea el lector quien decida si este fenómeno se debe a algún “poder” sobrenatural del libro - con lo que, técnicamente, su novela entraría en el género de la fantasía - o si por el contrario son los miedos y las dudas de Baldassare los que le obnubilan la visión, impidiéndole descifrar el contenido del libro. Este recurso permite además a Maalouf mantener el misterio, la aureola incógnita alrededor del Objeto Numinoso de su novela.

Paralelamente a su fracaso intentando leer el libro, Baldassare triunfa en el nivel personal: descubre en los brazos de Bess, la humilde camarera de la taberna donde se hospeda, el Amor más puro y hermoso entre dos personas separadas por abismos culturales.

Incapaz de descifrar el Nombre oculto de Dios, Baldassare asiste atónito al terrible incendio que asola Londres: a punto de ceder al pánico, cree ver en la catástrofe el diluvio de fuego del que le habló su amigo el príncipe Esfahani. Con la ayuda de Bess, el protagonista logra huir de Londres, ante el temor de que el pueblo descargue la cólera por la desgracia en los extranjeros. Una vez más, Baldassare es separado de aquellos a quienes ama por la intolerancia y el furor.

Tras volver a Génova y la propuesta de quedarse allí para siempre, Baldassare regresa de la mano de su amigo el capitán Domenico a Quíos, para cerrar la última trama de la novela: Marta. Maalouf nos ofrece de nuevo un final ambiguo. Podemos creer que Marta mintió a Baldassare para aprovecharse de él, o que miente para proteger su vida y la de su hijo. En cualquier caso el protagonista vuelve la espalda, destrozado, a Quíos y a su vida anterior, y vuelve a Génova. El Año de la Bestia acaba sin cumplirse las predicciones apocalípticas. Es el momento de volver la vista atrás, suspirar aliviado y decir en voz alta “yo nunca creí”.

Así termina la novela de Amin Maalouf: en palabras del propio protagonista

(...) he ido de Gibeleto a Génova dando un rodeo.

1 de enero de 1667, página 437.

Es éste un libro con los elementos de la mejor novela de viajes, a través del Mediterráneo que el autor conoce y ama; un viaje iniciático, curioso porque el protagonista va en busca de su propio ser a los cuarenta años, iniciado ya el ocaso de su vida; la búsqueda del Objeto Numinoso, mantenido el suspense incluso en un final ambiguo y abierto, que deja a la interpretación y el gusto del lector las respuestas finales. Incluso en esto es Maalouf tolerante: no nos impone “su” final, sino que canta a la diversidad y la tolerancia aún en el final de su propia obra. Un libro muy recomendable, que me ha gratificado y del que se puede extraer tanto el buen rato que toda buena novela depara como la sensata reflexión de un autor comprometido.


Edición empleada.

MAALOUF, Amin. El viaje de Baldassare. Alianza Editorial, Madrid, 2002. Traducción de Santiago Martín Bermúdez.

miércoles, 7 de julio de 2010

L'Eraclito Amoroso de Barbara Strozzi

George Steiner, uno de los críticos literarios y analistas del arte y de la cultura más relevantes del siglo XX, que fue reconocido recientemente con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, dice en su obra Errata: el examen de una vida:

“Vivir la música”, como la humanidad ha hecho desde sus comienzos, es habitar en un ámbito que, por su propia esencia, nos resulta extraño. Y, sin embargo, es precisamente este ámbito el que ejerce sobre nosotros “una soberanía muy superior a la de cualquier otro arte” (Valéry). Es la música la que puede invadir y regir la psique humana con una fuerza de penetración comparable, tal vez, solo a la de los narcóticos o a la del trance referido por los chamanes, los santos y los místicos. La música puede volvernos locos y puede curar la mente enferma. Si puede ser “el alimento del amor”, también puede abastecer los banquetes del odio. (...)

El fragor de un coro de voces provocan un sentimiento incomparable de comunidad fraternal; propician la oración colectiva y la meditación, paradójicamente acallada por su propio volumen. Pero cuando están ligadas a un himno nacional o guerrillero, al martilleo de una marcha militar, las mismas prácticas corales, en una clave idéntica, pueden desatar la disciplina ciega, la manía tribal y la furia colectiva. Un “solo” que se alza en la oscuridad o en la quietud de la mañana puede transmutar el espacio, la densidad, el curso del mundo. No es únicamente la “música barata”, la cancioncilla facilona del cantante melódico, la melodía basura de la guitarra eléctrica, lo que nos rompe el corazón: es un lamento de Monteverdi, son los oboes en una cantata de Bach, es una balada de Chopin.

Se trata, por lo tanto, de acostumbrar a nuestros sentidos a saber captar la belleza. Para Santo Tomás de Aquino bello es aquello cuya contemplación nos complace. Pero hay que detenerse y contemplar, porque la poesía, la belleza, existen en lo que nos rodea, pero no sabemos apreciarla; y sin embargo, la felicidad consiste en conocer, en saber mirar y también escuchar.

Harmony of voices: Amor "Lamento della ninfa"

CLAUDIO MONTEVERDI

(Cremona, actual Italia, 1567-Venecia, 1643) Compositor italiano. La figura que mejor ejemplifica la transición en el ámbito de la música entre la estética renacentista y la nueva expresividad barroca es la del cremonés Monteverdi. Educado en la tradición polifónica de los Victoria, Lasso y Palestrina, este músico supo hacer realidad la nueva y revolucionaria concepción del arte musical surgida de las teorías de la Camerata Fiorentina, que, entre otras cosas, supuso el nacimiento de la ópera.

Hijo de un médico de Cremona, se dio a conocer en fecha bastante temprana como compositor: publicó su primera colección de motetes en Venecia cuando sólo contaba quince años. Su maestría en el arte de tañer la viola le valió entrar en 1592 al servicio del duque Vincenzo Gonzaga de Mantua, a la sazón una de las cortes más prósperas de Italia.

Tras seguir a su señor en la campaña contra los turcos en Austria y Hungría, y visitar Flandes, viajes éstos que le permitieron conocer otras escuelas musicales ajenas a la italiana, fue nombrado maestro de capilla de Mantua en 1601, con la función de proveer toda la música necesaria para los actos laicos y religiosos de la corte.

Una fecha clave en su evolución fue la del año 1607, en que recibió el encargo de componer una ópera. El reto era importante para un compositor educado en la tradición polifónica que hasta aquel momento había destacado en la composición de madrigales a varias voces, pues se trataba de crear una obra según el patrón que Jacopo Peri y Giulio Caccini; ambos músicos de la Camerata Fiorentina, habían establecido en su Euridice, una obra en un nuevo estilo, el llamado stile rappresentativo, caracterizado por el empleo de una sola voz que declama sobre un somero fondo instrumental. Una pieza dramático-musical, en fin, en que a cada personaje le correspondía una sola voz.

Esto, que hoy puede parecer pueril, en la época suponía un cambio de mentalidad radical: el abandono de la polifonía, del entramado armónico de distintas voces, por el cultivo de una única línea melódica, la monodia acompañada. El resultado fue La favola d’Orfeo, composición con la que Monteverdi no sólo superó el modelo de Peri y Caccini, sino que sentó las bases de la ópera tal como hoy la conocemos.

El éxito fue inmediato y motivó nuevos encargos, como L’Arianna, ópera escrita para los esponsales de Francisco de Gonzaga y Margarita de Saboya, de la que sólo subsiste un estremecedor Lamento. La muerte en 1612 de su protector Vincenzo Gonzaga motivó que el músico trocara Mantua por Venecia, donde permaneció hasta su muerte. Maestro de capilla de la catedral de San Marcos, compuso la magistral colección Madrigali guerrieri et amorosi. Las composiciones religiosas ocupan un lugar destacado en su quehacer durante esta larga etapa. También las óperas: en 1637, cuando el compositor contaba ya setenta años, abrieron sus puertas en Venecia los primeros teatros públicos de ópera y, lógicamente, se solicitaron a Monteverdi nuevas obras.

Desde que el músico escribiera Orfeo, el espectáculo había evolucionado considerablemente: de la riqueza vocal e instrumental de las primeras óperas se había pasado a un tipo de obras en las que la orquesta quedaba reducida a un pequeño conjunto de cuerdas y bajo continuo, sin coro; además, la distinción entre recitativo y arioso se había acentuado. A pesar de estas diferencias, Monteverdi supo adaptarse a las nuevas circunstancias con éxito: las dos óperas que han llegado hasta nosotros, Il ritorno d’Ulisse in patria y L’incoronazione di Poppea, son dos obras maestras del teatro lírico, de incontestable modernidad.

Lamento Della Ninfa es uno de los más célebres madrigales del compositor italiano Claudio Monteverdi. Forma parte del octavo libro de madrigales, denominado "Madrigales guerreros y amorosos", recopilación de 1638 que fue dedicada al emperador Fernando III de Habsburgo. Está compuesto para soprano, dos tenores, un bajo, y bajo continuo, y el texto está basado en una canzonetta de Ottavio Rinuccini. 

Esta obra se divide en tres partes. En las secciones primera y tercera el trío de dos tenores y bajo se mueven en el ámbito descriptivo y contemplativo característico del madrigal tradicional. Comienzan con el relato de la joven ninfa que deja su casa para internarse en el bosque clamando desconsoladamente por su amante que la ha abandonado, y finalizan con una moraleja acerca del amor.

La parte central está protagonizada por la ninfa entonando su patético lamento, con un viraje de la tercera a la primera persona, característica del genere rappresentativo muy utilizado por Monteverdi en el octavo libro de madrigales. El carácter teatral es intensificado por las libertades rítmicas que Monteverdi concede a la cantante, “que va cantando siguiendo el tiempo del sentimiento” (“qual va cantato a tempo dell'affetto del animo”), de acuerdo a la indicación del compositor.

Esta libertad rítmica se equilibra con el bajo ostinato, una serie de cuatro acordes descendentes (la, sol, fa, mi) que se repite a lo largo de toda esta sección, y que establece el ordenamiento armónico de toda la pieza.

A la voz de la soprano se suma el comentario de las voces masculinas, que contemplan la escena y se compadecen de la ninfa, repitiendo en forma irregular la estrofa “Miserella, ah più no, no, tanto gel soffrir non può”. De esta manera se establecen dos planos sonoros que subrayan el dramatismo de la escena.


Original en Italiano

Non havea Febo ancora

recato al mondo il dì,

ch’una donzella fuora

del proprio albergo uscì.

Sul pallidetto volto

scorgeasi il suo dolor,

spesso gli venia sciolto

un gran sospir dal cor.

Sì calpestando i fiori

errava or qua, or là,

i suoi perduti amori

così piangendo va:

 

 

«Amor», dicea, e ’l piè,

mirando il ciel, fermò,

«Dove, dov’è la fe’

che ’l traditor giurò?»

Miserella, ah più no, no,

tanto gel soffrir non può.

«Fa che ritorni il mio

amor com’ei pur fu,

o tu m’ancidi, ch’io

non mi tormenti più.

Non vo’ più ch’ei sospiri

se non lontan da me,

no, no che i martiri

più non darammi affè.

Perché di lui mi struggo,

tutt’orgoglioso sta,

che si, che si se ’l fuggo

ancor mi pregherà?

Se ciglio ha più sereno

colei che ’l mio non è,

già non rinchiude in seno

amor si bella fè.

Né mai sì dolci baci

da quella bocca avrai,

nè più soavi, ah taci,

taci, che troppo il sai.»

 

 

Sì, tra sdegnosi pianti,

spargea le voci al ciel;

così nei cori amanti

mesce amor fiamma e gel.

 

Traducción al español

Febo no había todavía

revelado al mundo el día,

cuando una muchacha salió

de su propia casa.

Sobre su pálido rostro

afloraba su dolor,

y a menudo provenía

de su corazón un gran suspiro.

Andando sobre las flores

iba vagando, aquí, allá,

llorando de esta manera

su amor perdido:

 

 

«Amor», decía, deteniendo el pie,

mirando el cielo,

«¿Dónde, dónde está la fidelidad

que el traidor me juró?»

Pobrecilla, no puede más, ay,

ya no puede soportar tanto sufrimiento.

«Haz que vuelva mi amor

tal como antaño fue,

o déjame morir, para que

no sufra más.

No quiero ya que él suspire

sino estando lejos de mí,

no, no quiero

que me dé más dolores.

Pues el saber que por él ardo

satisface su orgullo,

quizá, quizá al alejarme

él, a su vez, empezará a rogarme.

Si ella tiene para él más serena

mirada que la mía,

sin embargo no alberga en su seno

un amor que sea tan fiel como el mío.

Ni tendrá nunca

besos tan dulces de esa boca,

ni más tiernos, ay calla,

calla, él bien lo sabe.»

 

 

Así, entre amargas lágrimas,

llenaba el cielo con su voz;

así en el corazón de los amantes

el amor mezcla el fuego con el hielo.


domingo, 27 de junio de 2010

Wim Mertens - 4 Mains



Cuando todo parece oscuro,
cuando no puedo encontrar la luz,
oigo la música y me olvido de
todas las cosas que me rodean.